Diciembre 2008


Hacía frío. A mi izquierda, una sensual violeta se me aparecía exuberante, preparada para una noche de acción. En frente mía, Luis Román, bailarín, empresario, ex-jefe y amigo, comentaba los meses que violeta había dedicado últimamente en el estudio de su última asignatura de la carrera por aprobar.

Ambos nos reíamos, pues llevaba desde el verano estudiando. Yo le dije que cuando sacase un diez, me iba a estar riendo de ella un año, por haber estudiado tantos meses.

Aquel fué el momento. Violeta se armó de coraje. Indignada, se giró hacia mí señalándome con su dedo índice, y dijo: “Mira carnero, si saco más de un siete en el puto examen, te hecho un polvo encima de la mesa”.

Hoy llegó la noticia. Violeta, excitada, me abría una ventana de messenger nada más llegar al trabajo. Siete con dos.

Escribí estas lineas escuchando Better Man, de Pearl Jam. Ahora tú las estás leyendo, pero yo ya no estoy aquí. Ahora estoy con ella. Esperemos que la mesa aguante.

Levanté la mirada, sólo éramos cinco.

Ella se mostraba erguida, concentrada. Parecía segura de si misma. De vez en cuando dejaba su frenética escritura para anotar en un cuaderno que tenía a su izquierda.

Speed Unlimited en mano, una vez más mi mirada se cruzaba con la suya. Reparé en el calcetín derecho; estaba a punto de recorrer el punto sin retorno del tobillo.

Cómo las pequeñas diferencias entre un pié y el otro, y los diferentes matices al atar los cordones de una bota, unidos al movimiento al andar, pueden mantener a un calcetín en su sitio mientras el otro se ve condenado al abismo de la punta del pie…

El fondo de pantalla ya no era el mismo; al no tener windows bloqueado, David Hasselhoff inundaba mi pantalla. Ella tenía un amigo, estaba gordo. Y una amiga.

Ella se levantó, llevaba minifalda. Se fué.
Yo continué estudiando.